Hace 25 años, un 23 de febrero de 1981 a las 6 de la tarde en Madrid, alrededor de 150 guardias civiles liderados por el Teniente Coronel Tejero, irrumpían en el Congreso de los Diputados para acabar por la fuerza con el gobierno de una España que había iniciado una nueva etapa con la constitución de 1978, luego de la muerte del caudillo Francisco Franco.
Lo cierto es que el hecho, más allá de lo anecdótico, resultó de gran importancia para la historia política del país, ya que luego de ser sofocado, sirvió como indicador para que el pueblo viera consolidada la hegemonía democrática y renovara sus votos ante el soberano Juan Carlos I, alejado durante los años del franquismo de la órbita del poder.
Es por eso que al cumplirse 25 años de este particular hito en la historia española, el Diario El País ha elaborado un documento audiovisual de gran nivel, para recordar aquel día en el que durante 17 horas, la democracia tambaleó sobre la cuerda floja poniendo en vilo la atención del pueblo castizo.
En cuanto a los contenidos, el informe documental consta de un fotorreportaje de 20 fotografías, acompañadas por audios radiales de la época y el relato de un locutor que va explicando paso a paso el desarrollo del conflicto. Además hay abundante material de archivo clasificados por subtemas, como las portadas del diario durante esos días, entrevistas a aquellos que cuentan cómo vivieron esas horas y hasta un archivo animado donde se muestra la estrategia del Plan de la Brunete, para tomar Madrid ese mismo día.
Para quienes prefieran las imágenes televisivas (mucho más directas y ejemplificadoras) hay un video con las tomas realizadas por la cámara de TVE ubicada en el recinto del Parlamento y el comunicado oficial del Rey, transmitiendo la noticia del sofocamiento de Tejero y su ejército.
Un material de colección para analizar y reflexionar acerca del papel que comenzaron a jugar los ejércitos y las fuerzas armadas a nivel mundial, en las últimas décadas del siglo XX.
Ver el Informe | 25 años del 23-F
servido por Nicolás
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El próximo 24 de marzo, finalmente se cumplirán tres décadas de uno de los capítulos más negros de la historia argentina: el de la última dictadura militar, mal llamada por algunos “Proceso de Reorganización nacional”.
Lo cierto es que desde aquel 24 de marzo de 1976 (día en que Isabelita era sacada de la casa rosada en helicóptero hacia Campo de Mayo y posteriormente trasladada al Mesidor) mucha agua ha pasado bajo el puente. Hoy, se sabe que el brutal saldo de la dictadura arroja una cifra cercana a los 30.000 desaparecidos, entre jóvenes adolescentes, adultos, ancianos y niños.
Es por eso que, ante la magnitud de lo que fué la tragedia y tomando como punto de partida esta especial conmemoración de los treinta años, las principales editoriales del país han decidido hacer un aporte especial a la historia y a la reflexión colectiva para que en esta importante fecha, todos podamos analizar que fue lo que pasó, por qué nos pasó, qué grado de culpa o participación tuvo la ciudadanía (si es que la tuvo) y ver de qué forma nuestro pueblo procesa aquellos hechos y los incorpora en su memoria colectiva, pilar fundamental para que las sociedades puedan desarrollarse plenamente teniendo conciencia de sus errores.
Entre las nuevas ediciones, un libro digno de destacar es “La rebelión de las Madres. Historias de las Madres de Plaza de Mayo” de Ulises Gorini, de Editorial Norma. La obra consta de dos tomos: el primer volumen – que saldrá en marzo- abarca el período del movimiento de las madres desde 1976 hasta 1983 y en el segundo tomo (aún sin fecha de salida a la venta) comprenderá desde la vuelta a la democracia hasta nuestros días. Quizás el que mejor lo defina es el prólogo a cargo de Osvaldo Bayer que dice
“El libro describe paso a paso la gesta y los peligros. El primer encuentro, la primera represión, la primera avanzada. El miedo y el ni siquiera conocerse. Eran desconocidas que se encontraban llamadas por la memoria de sus hijos (…). Sí. En este libro se demuestra como la poesía vence al poder”.
Otra de las novedades es la publicación del libro de Mariana Caviglia, Vivir a Oscuras. Escenas cotidianas de la dictadura (de la colección “Crónica Argentina” de Editorial Aguilar) en el que la autora cuenta de qué forma vivieron los años del horror aquellos que si bien nunca participaron en política ni tuvieron que sufrir desapariciones, en todo momento fueron concientes de lo que sucedía a su alrededor.
En cuanto a las reediciones, las dos obras más importantes, sin lugar a dudas son: por un lado, la versión coleccionable de bolsillo de los 5 tomos de “La Voluntad” (Una Historia de la militancia revolucionaria en la Argentina) de Martín Caparrós y Eduardo Anguita, y la otra es la actualización en dos tomos del Nunca Más, el informe de la CONADEP, que incorpora varios testimonios que no existían al momento de las ediciones anteriores.
Cuatro excelentes opciones para ejercitar la memoria y reflexionar acerca de uno de los períodos más vergonzosos y lamentables de nuestro pasado.
servido por Nicolás
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Las transformaciones en los modelos económicos provocaron la aparición de nuevos sujetos colectivos, al margen de las relaciones de trabajo tradicionales. La política debe también darles cabida.
Hace 25 años el sociólogo André Gorz generaba un revuelo intelectual con su libro "Adiós al proletariado", en el que vaticinaba el fin del trabajo industrial asalariado. ¿De qué manera se cumplieron aquellos vaticinios?
—Sí, en efecto, hoy asistimos al fin del proletariado. Sin embargo, Gorz sostenía que el fin de la clase trabajadora sería consecuencia del aumento de la productividad, del progreso tecnológico; en fin, de una sociedad más rica, que haría que la categoría "trabajo" dejara de ser central para la subsistencia de los hombres. En la actualidad, el fin del proletariado no sólo se analiza en forma teórica, sino que está a la vista en todo el mundo: se lo ve claramente en el sector informal, en la precarización del trabajo, en el trabajo en negro.
Esta informalidad laboral que usted describe, ¿es un efecto no deseado o una consecuencia previsible de la evolución del capitalismo y las políticas neoliberales?
—Este surgimiento de la informalidad está relacionado con la desregulación del mercado laboral y el proceso de globalización de corte netamente neoliberal, que para la mayor parte de las personas ha generado gran inseguridad. Se trata de una globalización de la inseguridad que está dada porque el empleo que se genera es precario y las personas no tienen un contrato de trabajo.
Pero la crisis del pleno empleo viene de más atrás.
—Así es, con la crisis del Estado social, que quedó obsoleto frente a una globalización que se pensó como una dinámica de incremento constante de la competitividad. Esto sólo era posible a partir del aumento de la productividad y la necesaria reducción de los costos. La consecuencia lógica es la expulsión de mano de obra superflua del sector formal, que es absorbida por el informal.
¿No es esto similar a lo que planteaba ya en el siglo XIX David Ricardo cuando sostenía que el capitalismo generaría "población redundante"?
—Algo así. Esto ha llevado a que en distintos rincones del mundo muchas personas hayan puesto en juego su creatividad en busca de nuevas formas de organización social que les permitan contrarrestar la inseguridad. El problema de fondo es el mismo en todas partes aunque se manifiesta según las condiciones socioeconómicas de cada realidad: países desarrollados o subdesarrollados, Estados de bienestar medianamente realizados o no.
¿Cómo se pueden comparar unas realidades con otras: las de las sociedades del bienestar con aquellas que no conocieron niveles de desarrollo y distribución más equilibrados?
—La evolución del sector informal presenta diferencias en los países llamados "del tercer mundo" —aunque creo que ya no es posible hablar de "tercer mundo"— y en los países industrializados. La primera es una diferencia temporal: la noción de informalidad surge en 1972 a partir de un estudio de la Organización Internacional del Trabajo en Kenia, Africa. Es decir, que el término en sí existe desde hace poco más de treinta años. Si bien en ese entonces tal categoría resultaba impensable en Occidente, estudios de investigación realizados en la Unión Europea arrojan hoy otros resultados: en Europa, por lo menos el 20% de la población activa corresponde al sector informal, en Latinoamérica la cifra asciende al 60%, y en Africa, al 90%. De modo que, aunque en diferente medida, la tendencia es la misma. Según más datos de la OIT, existen en el mundo 800 millones de personas sin empleo o con empleo precario. Si se piensa que cada uno de estos hombres tiene una familia, y se lo multiplica por 4, esto da como resultado tres mil doscientos millones de habitantes. Es decir que la mitad de la humanidad pertenece al sector informal, se halla al margen del sistema capitalista formal de acumulación.
Todo esto lleva a un cuestionamiento de estas mismas categorías de "sector formal" y "sector informal", ¿no es cierto?—Sí, ese es precisamente el gran problema. Y más aún si pensamos que en Africa el 90 % de la población pertenece al sector informal. Tenemos que partir de la base de que el fin del proletariado hoy no supone una nueva forma de redistribución entre el tiempo de trabajo y el tiempo libre, el trabajo autónomo y el heterónomo —como sostenía Gorz— , sino que las nuevas formas de organización no son para nada emancipatorias, porque las personas desarrollan las "técnicas del sí mismo" adaptándose a las condiciones impuestas desde afuera. Hasta los sindicatos de todo el mundo están en crisis porque no encuentran la forma de organizar al sector informal.
Usted habla de las "distintas lógicas de la acción social". ¿Cómo se manifiestan estas lógicas?
—Hago esta diferenciación de lógicas por diversos motivos: en primer lugar, para mostrar que en la sociedad mundial no existe una única lógica de acción (la lógica de la equivalencia que rige el mercado, esto de intercambiar un producto por su equivalente dinerario), sino que existen otras lógicas. Ya Karl Polanyi, un gran historiador húngaro que emigró a Inglaterra en los años 30 durante el nacionalsocialismo, sostenía que existían muchas otras formas de intercambio como, por ejemplo, el principio de reciprocidad, según el cual la etnia, el reconocimiento o la alegría espontánea pueden ser factores que determinan una prestación recíproca. O el principio de la redistribución, en el que se basaba la planificación central en el socialismo real del siglo XX.
¿No fracasaron esas formas alternativas de organización social?
—Se trató de economías muy dinámicas que demostraron funcionar, aunque más no haya sido por un par de décadas. El problema es que en tiempos de la globalización neoliberal esto es impensable, porque la planificación es un sistema aplicable al Estado nacional y el Estado nacional como tal ya no existe. Una planificación y un sistema redistributivo a escala global son deseables, pero imposibles. Pero existe un cuarto principio: el de la solidaridad, que está íntimamente ligado a las nuevas formas de cooperación ciudadana. Lo importante es que la solidaridad no se limita al aquí y ahora; ser solidarios supone concebir nuestra existencia como invitados en el planeta Tierra y, por ende, saber que debemos dejar este mundo en igual o mejor estado, pero no en peores condiciones. Ser solidarios supone considerar a las generaciones futuras y a los hombres en cada rincón del planeta. En definitiva, una economía sólo es solidaria cuando es sustentable.
Sin embargo, los sectores expulsados del mercado laboral siguen demandando la generación de fuentes de trabajo. ¿Qué posibilidades tienen los Estados de garantizar si no el "pleno empleo" de antaño, condiciones que se acerquen a aquellas?
—Hay que observar el caso particular de cada país. Pensemos, por ejemplo, en el rol del Estado como organizador del territorio: el Estado boliviano es mucho más débil en este sentido que cualquier Estado europeo o que los EE.UU. Tengo la convicción de que la NASA sabe más sobre la Patagonia argentina o el Amazonas que la población y los gobiernos locales. En este sentido, es preciso analizar cómo se articulan este tipo de reivindicaciones, sus perspectivas y sus conflictos y qué tipo de Estado tienen enfrente.
¿Cuál sería el principio unificador de estas diferentes situaciones de exclusión y de estos sectores tan heterogéneos?
—No existe un principio de unificación, pero sí de compatibilización de intereses y demandas. Esa es la tarea de la política. Cuando estas reivindicaciones que se producen en la sociedad civil no acceden a la esfera política se produce un vacío y la única vía de acceso son los partidos políticos. Es por eso que hay que construir un puente entre los movimientos sociales y los partidos políticos.
Hablamos de la crisis de la utopía del pleno empleo y del estallido de la informalidad. ¿Cuál sería la respuesta inclusiva?
—La informalidad es la solución regresiva a la crisis. La utopía es la solución progresiva: una economía solidaria y sustentable, de la que ya existen ejemplos prácticos en muchos países, por ejemplo, a través del uso de energías renovables. Hay que tener en claro que la economía sólo es solidaria cuando es sustentable, y esto supone una nueva forma de vivir y trabajar.
Entrevista publicada en Zona de Clarín
servido por Nicolás
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